Fin de Colombia – Phoebe Coleman, July 2026
I cannot quite believe I am writing my final blog from Colombia. Looking back over this year feels impossible, because no words are big enough to describe everything this country, its people, and this experience have given me.
The month began with family celebrations, as Jorge’s sister-in-law and her daughter both had their birthdays. It was another reminder of how welcomed I had been into his family. We decorated the house, I have now learned the majority of the lyrics to the 3 AND A HALF MINUTE LONG Venezuelan birthday song – Sharing laughter, food and traditions with them never felt like being a visitor—it felt like home.
In dance, I finally conquered something I had always admired: learning to do my own professional salsa stage makeup. It may sound like a small achievement, but after months of watching everyone else transform before competitions, it felt like another step towards becoming a true dancer. Rehearsals were more intense than ever, including acrobatic sessions on the terrace of a building overlooking Bogotá. There was something magical about training with the city’s skyline stretching into the mountains behind us.
The football World Cup also brought the country together. Jorge and I spent evenings in local bars watching the matches with friends, enjoying incredible Colombian artesanal beers. Colombians definitely know how to celebrate every occasion!
Competition season was far from over. We travelled to another international salsa competition where I achieved something I never imagined at the beginning of this journey: 4th place internationally. WOW! While I was thrilled with my own result, nothing compared to watching Jorge dance his heart out and earn 2nd place. Seeing the person I love achieve something he had worked so hard for filled me with an indescribable sense of pride.
Before returning home, Jorge and I took one final trip together to Medellín. We explored the infamous Comuna 13, wandered around Provenza, visited the Pablo Escobar Museum and even crawled under one of Escobar’s secret hiding tunnels. Unfortunately, someone had stolen his gravestone just two months earlier, so we were unable to visit it. Of course, no trip to Medellín would have been complete without enjoying an enormous bandeja paisa before heading back to Bogotá!
Back at the academy, something finally clicked. After months of rehearsals, corrections and determination, I felt like I had finally ‘gotten it’ and unlocked my salsa potential. What once seemed impossible suddenly flowed naturally, and it was one of my first times feeling truly and completely Latin. I finished with a few salsa socials, dancing until the early hours with all the people who have become family.
Then came the airport.
Nothing could have prepared me for saying goodbye to Jorge. Leaving him behind was, without question, the hardest feeling I have ever experienced. It wasn’t simply leaving my partner; it was leaving the precious life we had built together, the community that welcomed me with open arms, the culture I fell completely in love with, and the version of myself that Colombia helped me discover.
Although my time in Colombia now ends, this journey certainly hasn’t. Everything I have learned—the resilience, confidence, language, friendships, professional experience and passion for dance—will shape not only my final year at university but the rest of my life. I am now off to Guatemala to visit my school where I work, so my next report will be from there.
And finally, to John Speak: I am forever grateful that you gave me the opportunity to immerse myself in a world that I have fallen head over heels in love with. This experience has changed me forever. What you and everyone at the placement programme do, the opportunities you create and the support you give students, is simply indescribable.
Thank you.
Thank you, with every fibre of my being.
Thank you.
No puedo creer que esté escribiendo mi último blog desde Colombia. Recordar este año se siente casi imposible, porque no hay palabras suficientes para describir todo lo que este país, su gente y esta experiencia me han regalado.
El mes comenzó con celebraciones familiares – la cuñada de Jorge y su hija las dos se cumplieron años. Fue otro recordatorio de lo bienvenida que me hicieron sentir dentro de su familia. Decoramos la casa y ya puedo decir que me aprendí la mayor parte de la letra de la canción venezolana de cumpleaños, ¡que dura tres minutos y medio! Compartir risas, comida y tradiciones con ellos nunca se sintió como ser una visitante; se sintió como estar en casa.
En el baile, por fin logré algo que siempre había admirado: aprender a hacerme mi propio maquillaje profesional para las competencias. Puede parecer un logro pequeño, pero después de meses viendo cómo todos se transformaban antes de las competencias, sentí que era otro paso para convertirme en una verdadera bailarina. Los ensayos fueron más intensos que nunca, incluyendo sesiones de acrobacias en la terraza de un edificio con vista a todo Bogotá. Había algo mágico en entrenar con la ciudad y las montañas en el fondo.
El Mundial también unió al país. Jorge y yo pasamos varias noches en bares viendo los partidos con amigos, tomando polas artesanales. ¡Los colombianos definitivamente saben cómo celebrar cualquier ocasión!
La temporada de competencias todavía no había terminado. Viajamos a otra competencia internacional de salsa, donde logré algo que jamás habría imaginado: ¡cuarto lugar a nivel internacional! ¡WOW! Aunque estaba muy feliz por mi resultado, nada se comparó con ver a Jorge dejar el alma en la tarima y quedarse en segundo lugar. Ver a la persona que amo alcanzar algo por lo que había trabajado tan duro me llenó de un orgullo indescriptible.
Antes de regresar a casa, Jorge y yo hicimos un último viaje juntos a Medellín. Recorrimos la famosa Comuna 13, caminamos por Provenza, visitamos el Museo Pablo Escobar e incluso entramos a uno de sus túneles secretos donde se escondía. Desafortunadamente, alguien había robado su lápida apenas hace dos meses, así que no pudimos visitarla. Y, por supuesto, ningún viaje a Medellín estaría completo sin comer una enorme bandeja paisa antes de regresar a Bogotá.
De vuelta en la academia, algo finalmente ‘hizo clic’. Después de meses de ensayos, correcciones y mucha dedicación, sentí que por fin lo realmente entiendo y que había desbloqueado todo mi potencial en salsa. Lo que antes parecía imposible empezó a fluir de manera muy natural y fue una de las primeras veces en las que me sentí verdaderamente y completamente latina. Terminé el mes con algunas sociales de salsa, bailando hasta la madrugada con todas esas personas que hoy considero mi familia.
Y entonces llegamos al momento de despedida en el aeropuerto.
Nada podía haberme preparado para despedirme de Jorge. Dejarlo atrás fue, sin duda, la sensación más dolorosa que he vivido. No era solo despedirme de mi pareja; era dejar atrás la vida tan valiosa que habíamos construido juntos, la comunidad que me recibió con los brazos abiertos y tanto cariño, la cultura de la que me enamoré por completo y la persona en la que Colombia me ayudó a convertirme.
Aunque mi tiempo en Colombia ya llega a su fin, este viaje definitivamente no. Todo lo que aprendí —la resiliencia, la confianza, el idioma, las amistades, la experiencia profesional y la pasión — marcará no solo mi último año de universidad, sino también el resto de mi vida. Ahora me voy a Guatemala para visitar la escuela y mis estudiantes, así que mi próximo informe será desde allí.
Y, por último, a John Speak: estaré eternamente agradecida por haberme dado la oportunidad de sumergirme en un mundo del que me enamoré perdidamente. Esta experiencia me ha cambiado para siempre. Lo que hacen ustedes y todo el equipo del programa, las oportunidades que crean y el apoyo que les brindan a los estudiantes es, sencillamente, indescriptible.
Gracias.
Gracias, con cada fibra de mi ser.
Gracias.
